Fue el primer viaje al extranjero sin mi familia. Ergo, sin un duro.

Trabajé intermitentemente como camarera y canguro para poder comprar el billete, y pretendía irme con 4 perras en el bolsillo porque juraría que costaba más de 20.000 pesetas, y ya no sé ni lo que es eso en euros, pero para nosotras era un pastizal dificil de conseguir mientras preparábamos la selectividad.

Por suerte mis padres, que son unos benditos, me dijeron en el último momento que me pagaban el billete para que así yo pudiera sobrevivir con el resto. Y menos mal… porque de lo contrario no sé qué habría hecho. Mendigar, seguramente.

Como éramos bastante panolis, nada más llegar a la estación de Irún pedimos un billete “para el próximo tren a Florencia”. Sí, veíamos muchas pelis. Se nos olvidó comentar el pequeño detalle de que YA teníamos un billete de InterRail. Total, que fuimos a Florencia vía Paris -no preguntéis- en un coche cama que nos costó unas 5.000 pesetas. Ahora al cambio serían unos 30€, pero en aquel momento me dolieron como si me arrancaran los dientes de cuajo.

La primera en la frente. Luego descubriría que a partir de entonces en TODOS los viajes me pasaría alguna desgracia parecida.

La charranada del primer día, lo llamo ahora.

Total, que después de aquello fuimos mucho más precavidas y conseguimos enlazar un tren con otro, siempre en el horario más barato, hubiera o no asiento. Así íbamos, claro, que yo me quedaba dormida sobre la mochila en cualquier lugar, por concurrido que estuviera.

¿Que hay que esperar al bus de línea? Siestecita. ¿Que hay que comer y yo acabo la primera? Siestecita. Cierto es que habíamos saqueado las despensas de nuestras respectivas familias y llevábamos la mochila llena de cosas no perecederas que ingeríamos en la primera plaza que encontrábamos. Mucho mejor para echar la siesta que la terraza de cualquier restaurante.

Dormíamos en el tren o en la calle prácticamente a diario. En 22 días, pasamos 6 noches en albergue. A tope. La calle es mucho decir. No os escandalicéis. Solían ser estaciones de tren. Atábamos unas mochilas a otras y luego cada una se tumbaba sobre la suya. Nunca nos robaron ni tuvimos percance alguno. La espalda hecha un cristo, sí, pero éramos jóvenes y nos daba igual.

Por último, os dejo el TOP5 de mis noches para recordar:

Florencia (en albergue): Jessi y yo no podíamos dormir, así que nos bajamos a la calle en pijama de rayas. Incomprensiblemente los camareros de la tasca de al lado nos debieron de ver monísimas y nos invitaron a unos botellines azules que no habíamos visto en la vida. Vodka con algo, creo que era. ¿Pudimos haber aparecido descuartizadas al día siguiente? Tal vez, pero tengo un olfato infalible para calar a la gente y comprobé que los botellines estaban cerrados con precinto. 😉

Roma: éramos 5. Quedaban 4 camas libres. De nuevo Jessi y yo compartimos una para pagar la mitad y dejar de recorrer los bonitos empedrados con la mochila a cuestas. Gracias a eso al día siguiente pudimos comprar una porción de pizza para cada una. La casa por la ventana.

– Aquel pueblo maldito de Italia de cuyo nombre no logro acordarme. Fuimos hasta allí porque tenía playa, y queríamos dormir en ella. Pero un segurata -desde cuándo hay seguratas en la playa, pensé yo- nos echó de allí 3 veces. No hicimos las longuis, nos cambiamos de sitio… pero ante la amenaza de multa nos acojonamos y nos fuimos a la estación. Intentamos dormir en el andén, porque no había más. Acabábamos agarrando las esterillas para intentar evitar que salieran volando cada vez que pasaba un tren-

– Mi novio del tren. Habíamos conseguido un compartimento cerrado en aquel tren de la posguerra cuyos asientos se inclinaban para formar un camastro y como éramos 5 cerramos las cortinas para que nadie nos impidiera dormir. Yo me puse en el lado de la ventana, y mis compis bloqueaban la entrada estratégicamente. Sin embargo un italiano más listo que nosotras -aún- corrió las cortinas y nos cazó. Se sentó delante de mí y se jodió el sueñecito. Pero como era bastante guapetón se lo perdoné.

El caso es que las demás se tumbaron y yo me quedé sentada, cabeza sobre el cristal, hasta que el tipo me sugirió con señas que estiráramos los asientos, se hizo un ovillo para dejarme espacio y se pasó el camino acariciándome el gemelo derecho para que me durmiera. Obviamente, no me dormí nunca. Sólo podía pensar en que, después de 15 días dando volatines, mis piernas tendrían la misma textura que un cáctus y en que mis pies tenían que oler, por lo menos, a risketo. Nada parecía importarles ni a él ni a su sonrisa.

Bari. Teníamos que coger un ferry para ir a Grecia, pero el ferry nunca llegó. Los martes no pasaba, nos dijeron. Allí nos encontramos con otros 14 españoles, un chileno y un japonés en la misma situación que nosotras. Compramos kalimotxo, nos fuimos a una cala, y allí pasamos la noche, jugando al taritá.

Por la mañana nos colamos de dos en dos en la piscina de un hotel para quitarnos el salitre y la arena. Cuando vino el socorrista a echarme la bronca me quise morir, pero todo lo que me dijo fue que no se me olvidara ponerme el gorro. “¡Ay! ¡sí, claro! ¡voy a por él!”. A la ducha y a la calle. Y aquí paz y después gloria.

firmaMORALEJA: No te frustres si las cosas no salen como habías planeado. El destino tiene pensada una noche mejor.

DE REGALO: El taritá -puede que su nombre real sea otro- es un juego que nos enseñó el chileno. Si te equivocas bebes es su premisa fundamental.