En episodios anteriores habíamos desgranado las bonanzas del autobús. Pero ya os adelantaba que hay más opciones para recorrer Cuba.

Nos quedan el coche de alquiler y el taxi. Los legales y los no tan legales…

Por aquello de mantener un orden voy a empezar por el alquiler. Directamente, yo NO lo recomiendo. Más allá del precio -yo lo descarté por este motivo- es más que probable que revientes una rueda. Los coches son como los europeos y las carreteras tienen unos baches más grandes que mi cabeza. En carretera -hay autopistas de 4 carriles- hay poco tráfico y uno se viene arriba porque parece que todo el monte es orégano. Pero no.

No conozco a NADIE que haya alquilado un coche en Cuba sin pinchar una rueda. La ventaja es que puedes recoger a los que “hacen botella” (autostop) y aprovechar para conocer a la población local. Hay cientos de puntos oficiales con un señor ataviado con camisa amarilla -los amarillos, les llaman- que organiza a los autoestopistas para que nadie se cuele. Otra opción es hacer botella tú mismo. Ésta es, obviamente, la opción más barata y más recomendable… si tienes tiempo.

Cambiando de tercio, los taxis oficiales son más o menos fáciles de identificar… de cerca.

Llevan un documento oficial, normalmente pegado en el cristal delantero, pero no esperes un taxi de un determinado color que poder reconocer en la lejanía, salvo en el caso de los de Cubataxi -taxis estatales-, que son normalmente amarillos y negros. Pero puede ser un lada o un chevrolet de los 50 que haya obtenido licencia. Tampoco te fíes de que el conductor te diga que es oficial. No tiene porqué ser cierto. La gente se gana el pan como puede.

En la inspección googleadora que llevamos a cabo antes de volar rumbo a Cuba, los taxis no oficiales parecían el anticristo. No es para tanto. Nosotros nunca tuvimos percance alguno y siempre nos dejaron en el destino exacto. Es más bien una cuestión de principios. Los taxistas legales pagan una licencia al Estado, con lo que de alguna manera optar por el taxi ilegal es colaborar con la competencia desleal.

Digamos que nosotros intentamos usar los taxis oficiales… hasta que las circunstancias nos obligaron a renunciar a nuestros principios de europeitos. Y, sinceramente, no nos arrepentimos.

El primero que contratamos fue en Cienfuegos, para ir a El Nicho y chapotear en sus cascadas. Nos lo recomendaron -al conductor- los dueños de la casa en la que dormíamos.

Mario nos recogió en casa con su lada azul, y emprendimos el camino a ritmo de reggaeton cubano.

“Tuuuuuuuuuuu,

te sabes mi noooooombreeeee.

A mí no me digas naaa.

Si se va a folmal que se folmeeeee…”

Y

¡Qué vanidosa está!

la cucarachita Martina,

ya no quiere carro viejo,

quiera andar en limusiiiinaaaa

Fueron los temas con más éxito del trayecto. A tope con Tecnocaribe.

Así entramos en la Sierra de Escambray, subimos y bajamos cuestas por aquella carretera rodeada de follaje hasta que de repente… prffffffff… el coche decidió que pasaba de seguir subiendo.

Mario inspeccionó el motor… y nos aconsejó continuar a pata, que total, no quedaba mucho. Y allí íbamos nosotros, pateando bajo la solana, cuando un par de guajiros salieron corriendo de una cabaña para ofrecernos plátanos.

Marketing más personalizado imposible oiga.

Tenían una pinta brutal, -los plátanos- y nosotros necesitábamos un buen chute de potasio para seguir subiendo aquella maldita cuesta.

Nos los acabábamos de terminar cuando a lo lejos apareció aquel carromato… Era una especie de cruce entre tractor y camión… y nosotros empezamos a pensar en “hacer botella”, pero ni falta que hizo. No sé si nos leyeron el pensamiento o les dimos pena, pero pararon y nos ofrecieron trepar al remolque. Estaba lleno de guajiros, que se reían de nosotros y con nosotros, y nosotros con ellos y con el viento. Y nos preguntaban que si íbamos a bañarnos en El Nicho y respodíamos que sí y contestaban con cara de “vais a flipar” que rápidamente se tornaba en gesto de “yo también quiero”.

Nos vino a recoger un amigo de Mario, con un coche más nuevo pero más pequeño, con aires de bacala y un diminuto ventilador en el salpicadero que como mucho tenía potencia para remover el cola cao. Y le pedimos música, pero como éste era un moderno no tenía la cucarachita Martina. Menuda decepción.

Paramos a saludar a Mario, que seguía en el mismo sitio, 6 horas después. Con un buzo azul y las manos llenas de grasa. Nos contó que casi lo tenía arreglado, y allí le dejamos. Bajo el sol de la tarde.

El cupo del anecdotario parecía cubierto, pero no. Resulta en Cuba éste uno de los pocos cupos que no tienen fin.

En Camagüey nos recomendaron a un hombre estupendo que tenía un chevrolet amarillo en el que cabíamos todos (habíamos ido haciendo amigos por el camino y ya éramos 5). Queríamos ir a Playa Santa Lucía:

El modus operandi fue el mismo, pero las anécdotas fueron nuevas.

1) “Si nos para la policía ustedes son amigos míos de España”. (Qué queréis que os diga, a mí esto me acojonó). A la ida todo fue fantástico, pero la vuelta la hicimos de noche -se estaba de vicio ahí arriba, como comprenderéis- y claro que nos pararon. Yo me hice la dormida. Mi madre siempre me ha dicho que en estos casos es mejor hacerse la tonta… y yo me puse en plan radical. Ya estaba imaginando la historia de cómo nos habíamos conocido hacía años y de cuántos buenos ratos habíamos compartido y temí que no sólo NO iba a colar, sino que encima yo acababa encerrada en el manicomio. Nos dejaron seguir sin problema, ni sobornos, que yo sepa.

2) “Un momento… un momento”. Y el tipo paró el coche en aquella cuneta en medio de ninguna parte. En aquella noche más negra que la muerte, abrió el maletero, -en esto yo allí con mi linterna de mierda, venga a darle vueltas a la manivela para alumbrar al buen hombre-, sacó una garrafilla de plástico blanco roído,  me dijo que me metiera en el coche, se colocó en mitad de la carretera frente a un camión que venía en sentido contrario, y la agitó y la agitó… – os juro que pensamos que el tipo acabaría tatuado en el asfalto- hasta que el camión paró.

Como si fuera aquella la operación más habitual del mundo, el otro sacó un tubo de goma, lo metió en su depósito, absorvió como una bestia y nos regaló parte de su combustible -siempre había querido yo ver esto fuera de las pantallas, confieso-. Gracias, gracias, compañero.

MORALEJA: Resultó que sí era la operación más habitual del mundo. Te dan lo suficiente para llegar al siguiente punto en el que repostar. “Un día nos falta a unos, otro firmadía les falta a otros”. Pero nos explicó que me había hecho entrar de nuevo en el coche porque si el del camión hubiera visto que iba con turistas, le habría hecho pagar la gasolina. Sonrió y nos llevó hasta casa. Esta vez sí, todos dormidos.

DE REGALO: Lleva siempre una de esas linternas con manivela. Para echar el combustible en nuestro depósito nos vino de vicio.