Mi amiga Elena se va a la India, y me ha pedido consejo, así que los próximos posts estarán dedicados a ella:

Querida Elena, te dirán del Taj Mahal que debes visitarlo al amanecer, o al atardecer. Te dirán que esos son los mejores momentos del día, porque los rayos del sol, esos maravillosos rayos de luz anaranjados, lilas, amarillos… son un festival de color que se proyecta sobre los muros de mármol del mausoleo creando un espectáculo único… bla, bla, bla. No te ralles, es complicado que entres a tiempo de verlo porque abren las puertas después del amanecer. De hecho, yo diría que es directamente IM-PO-SI-BLE.

El bueno del Shah Jahan -emperador musulman de la dinastía mogol que lo mandó construir en homenaje a su esposa favorita, muerta durante el parto de su decimocuarto hijo- hizo levantar un muro de ladrillo alrededor del templo, para que nadie pudiera ver la construcción a medias. De hecho, si alguno osaba trepar el muro para asomarse, era castigado sin poder volver a verlo. Que le arrancaban los ojos, vaya.  Puede que nos tomaran el pelo con este tema, pero decírnoslo, nos lo dijeron.

El muro en cuestión sigue allí. Tú tampoco vas a ver el Taj Mahal al amanecer, por mucho que madrugues.

El caso es que convencidas de que debíamos llegar antes de que saliera el sol, la noche anterior nosotras nos habíamos montado en un autobús en Jaipur que nos dejó a las afueras de Agra a eso de las 3 y media de la mañana. Y no, los autobuses no son tampoco el transporte más recomendable. No te dejes convencer cuando te digan que vas en cama. Las carreteras indias tienen unos baches más grandes que mi cabeza. Tumbada vas, pero levitas como la niña del exorcista. Tienes que tener un sueño verdaderamente profundo para conseguir descansar.

Al llegar a Agra, los conductores de rickshaws intentaron aprovecharse de la nocturnidad y de nuestro cansancio y subieron los precios del trayecto al centro hasta el infinito. No te dejes acogotar. Aquí gana el más cabezón. Si te piden mucho dinero, pones cara de indignación y te vas andando. Siempre hay alguno que viene a rescatarte ofreciendo una tarifa razonable.

Agra no es un sitio agradable, la verdad. El ambiente es agobiante hasta la saciedad y cuesta caminar tranquilo por las calles porque el acoso al turista es incesante. Pero, por si aún no habías llegado a la conclusión que pretendo mostrarte, te lo digo claramente: No es una buena idea llegar de madrugada para ver el Taj Mahal y luego pirarse. Entre otras cosas porque merece mucho la pena visitar el fuerte. Además, merece la pena dar una vuelta por las zonas más alejadas de las calles turísticas.

Volviendo al Taj Mahal… tiene 3 puertas de entrada. Las tres franqueadas por militares que no te dejan pasar a hacer cola para entrar el primero. Abren a las 6 de la mañana. Ni un minuto antes. Los conductores de riskshaws nos hicieron el lío y nos mandaron de una puerta a otra varias veces… hasta que nos dimos cuenta de que aquellos señores con armas estaban allí para controlar la entrada… y desistimos.

Habíamos alquilado una habitación diminuta en un hostal regentado por un musulman bastante extraño que al principio parecía tener muy malas pulgas pero que luego resultó ser muy amable. El hombre venga a decirnos que no podríamos entrar al Taj tan pronto y nosotras venga a insistir en que lo queríamos intentar. TOR-DAS. Se puso un poco más en “modo padre” de lo que le correspondía… pero tenía más razón que un santo. Nuestro habitáculo tenía sólo una cama individual -éramos cuatro- pero nos daba igual porque sólo queríamos dejar las mochilas mientras visitábamos la ciudad. Esta fue otra mala idea, pero al menos pudimos usar la ducha del pasillo. Lo mismo nos dio, porque el calor y la humedad son tales, que en poco rato estás otra vez sudando como un pollo. Lo de las cuatro echando la siesta después de comer cruzadas en aquella cama, haciendo la cucharita a 40 grados… no te lo cuento porque no tengo palabras y porque no sé aún qué hicimos con las piernas.

El caso es que después de la ducha desayunamos y volvimos a la carga. Abiertos los controles militares, tienes que caminar un rato por unos jardines inmensos -hay coches de caballos pero no merece la pena utilizarlos- llegar hasta la taquilla, pagar las 750 rupias que cuesta la entrada (no llega a 10 euros pero si te has acostumbrado a los precios de allí verás que es una barbaridad) y ahora sí, traspasar el muro.

Hay controles de seguridad muy exhaustivos, con sus arcos detectores de metales y demás -los hay por toda la India, con la diferencia de que los del Taj Mahal sí funcionan- y ojo porque hay muchas cosas que no se pueden meter. Como, por ejemplo… ¡un trípode!. Revisa en la taquilla los carteles de las restricciones y pregunta dónde guardar lo que no puedas meter, porque si te lo pillan en el control te harán dar la vuelta, llevarlo al cuartito guardabártulos y volver a hacer la cola. Y lo harás como lo hice yo: con la palabra looser escrita en la frente.

A pesar de todo, cuando entras, la majestuosidad del edificio hace que se te olviden las penurias y el calor. Todo el mundo habla de monumento al amor cuando se trata del Taj Mahal. Al final es una tumba, pero una tumba monumental y llena de detalles. Se dice de los mogoles que proyectaban las obras como gigantes y las terminaban como joyeros. El Taj es un buen ejemplo de su arquitectura y está, además rodeado de leyendas. Cuentan por las calles de Agra que el sha quiso haber construído un cenotafio idéntico, en marmol negro, al otro lado del río Yamuna. Puede que sea leyenda o puede que no le diera tiempo, porque su propio hijo, Aurangzeb, le destronó y le encerró en el fuerte rojo, desde donde podía ver su obra más preciada a lo lejos, a través de una rendija en la pared. En plan tortura.

También se cuenta que prohibió construir al otro lado del río para que el Taj Mahal pudiera ser observado con el cielo como único escenario, sin otras construcciones que contaminaran la escena.

Tan enamorado estaba el shah, que mandó cortar las manos de los que participaron en la obra, para que no pudieran construir nada que le hiciera sombra. Esto no sé yo si casa con la historia del cenotafio gemelo, así que quédate con la que más gracia te haga…

De regalo: Para ver los cambios de luz sobre el mármol del Taj, sube a la terraza de algún hostel o de algún bar, y tómate una cerveza. Todo lo demás… es perder el tiempo.

Moraleja: Paciencia, que es la madre de la ciencia. 😉

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