Aquel día ya nos habían salvado la vida tres chinos. El que nos dio agua en la obra, la mujer del auto-stop telepático, y la cocinera que también nos leía la mente.

Emprendimos la vuelta a Jinghong con la esperanza de poder hacer auto-stop en algún momento, para evitar el camino en obras que a punto había estado de colapsar nuestros pulmones en aquella preciosa mañana de abril. La idea era hacer con las bicis la primera parte del recorrido, que estaba perfectamente asfaltada, y en la que había árboles que nos cobijaban del sol mientras disfrutábamos de las vistas y el ruido de la corriente del Mekong. La segunda parte, la de las obras, el polvo y los camiones, queríamos hacerla otra vez en pick-up.

Lo teníamos todo planeado. Como no iba a ser fácil que pudiéramos entrar los cuatro con las cuatro bicis en un sólo vehículo, decidimos que nos dividiríamos por parejas, dejando a los chicos montar primero. Estábamos convencidas de que, por separado, nos sería más fácil encontrar un alma caritativa a nosotras. Sin embargo, con gran esperanza y optimismo, yo alzaba la mano intentando dar el alto a cualquier camión, aunque transportara rocas del tamaño del iceberg que hundió el Titanic.

Nadie paraba. Algunos pitaban. Los conductores de los camiones se reían.

Hasta que llegó aquel hombre con su furgoneta de 9 plazas, y paró. Adrián nos aseguró que el conductor se había comprometido a hacer un recado urgente y volver a recogernos en 15 minutos. El tipo decía que cabíamos todos y que nos llevaría por 100 Yuanes (12€) hasta el centro de Jinghong.

Por supuesto ninguno de nosotros confió en Adrián. Su nivel de chino no daba para tanto y por supuesto el inglés no era una opción con alquel hombre.

Así que seguimos pedaleando, hasta que se acabó el asfalto y empezó la obra. Yo me negué a continuar. Jessi nos advirtió de que la jornada laboral de los obreros estaba llegando a su fin, lo cual hacía cada vez más improbable que pudiéramos volver en vehículo motorizado, pero yo no estaba dispuesta a volver a arriesgarme a perder la visión por una nube de polvo chino.

Pedimos agua en una casa cercana. Nos echamos una botella por encima y reservamos la otra por si, en caso de extrema necesidad, había que bebérsela. No, no habíamos aprendido la lección de por la mañana.

Yo cada vez estiraba más el dedo y la sonrisa pero allí no paraba ni Dios.

Y, de repente, la furgoneta salió de la nube de polvo con el hombre más sonriente de China al volante. “¡Se lo dije!” nos gritó Adrián. Seguíamos sin dar crédito cuando el último chino bueno de la jornada ya había bajado los asientos de su vehículo y estaba subiendo las bicicletas. A ver, mucho espacio no quedaba libre y cómodos no fuimos precisamente. De hecho a punto estuve de dejar para siempre una rueda tatuada en mis riñones. Pero aquello seguía siendo un win-win en toda regla. Él nos salvó la vida y nosotros le apañamos el mes.

Decidimos que era conveniente limpiar un poco las bicicletas antes de devolverlas, y como ya habíamos visto en otras ciudades que limpiarlas en el río es una práctica habitual, le pedimos que nos dejara en el puente de entrada a Jinghong, sobre el Mekong. Rápidamente nos dimos cuenta de que había sido una ideaca, porque allí había gente limpiando todo tipo de vehículos -pobres ríos- y pudimos, de paso, refrescarnos un poco y jugar un rato.

De regalo: Jinghong es un buen sitio para hacer una excepción y comer en alguno de los múltiples restaurantes con comida occidental de la calle Xuanwei Dadao. Incluso te puedes tomar una copa medio bien puesta. Eso sí, de barato nada.

Moraleja: Si has agotado el Karma a lo largo del día, siempre puedes intentar… comprar una ración extra.

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