La costa malagueña es una de las grandes víctimas de la burbuja inmobiliaria y la especulación urbanística tan typical spanish. Si eres un amante del mar y la naturaleza lo vas a pasar mal. La Costa del Sol está plagada de urbanizaciones “lujosas”, campos de golf, spas y nórdicos rosáceos con una edad media de 65 años.

Hay, sin embargo, un pedazo de tierra que resiste. Desde Maro (al este de Nerja) hacia Granada hay una decena de calas en las que uno puede girarse hacia tierra y ver eso, tierra. No ladrillo, ni chiringuito, ni camión de la basura.

Como el acceso es un poco complicado, -vamos, que no está asfaltado- hay menos gente que en las otras playas. En algunas, con un poco de suerte, puedes llegar a estar prácticamente sólo. La que más afluencia tiene es la de Las Alberquillas, pero la cosa es más que razonable. Por supuesto a los del norte nos sigue chocando un poco que los malagueños bajen con la nevera familiar, tres sombrillas por cabeza, las palas y las hamacas. Cuestión de costumbres. Lo que no tengo muy claro es cómo suben luego todos esos bártulos hasta el coche.

Esa es otra, por cierto. Sin coche no hay manera de llegar, así que la única opción que se me ocurre es llegar a Nerja o a Maro en autobús y hacer autostop desde allí.

En cualquier caso, no esperes playas paradisiacas de polvo blanco. Las que no tienen arena gruesa tienen grava, con lo que por mucho que una intente salir del agua emulando a Halle Berry en Muere otro día, al único personaje al que se acaba pareciendo es a Chiquito de la Calzada.

De regalo: Si buscas playas espectaculares (y buen tiempo) mejor ve a Cádiz, que está bien cerca, o al Cabo de Gata, en Almería.

Moraleja: No hay que preocuparse por el momento fistro pecador. Es mucho más relajado ser la graciosa que la guapa de la cuadrilla.

FIRMA-CHARRAN_OK