Después de recuperar el aliento y la hidratación en la “caseta de obras” en la que el chino bueno nos socorrió, continuamos nuestro camino entre polvo y tierra rumbo a Menghan y sus maravillosos templos budistas. Debíamos llevar tal cantidad de barro en ropa, piel y orificios a la vista, que una familia que pasaba por allí -haciendo recaditos en la jungla moderna- paró para socorrernos sin que se lo tuviéramos que pedir. Autostop telepático.

No me preguntéis cómo, pero logramos meter 4 bicicletas y dos mejicanos en la parte de atrás de su pick-up. Nosotras fuimos en los asientos como dos marquesas.

Vale. En realidad yo quería ir en el remolque pero la china hizo el reparto de los asientos y allí no había quién rechistara. Aquella mujer había sido la segunda persona que nos salvaba la vida ese día. Encima no me iba yo a poner pejilguera.

Pararon aproximadamente un kilómetro antes de que llegáramos al destino. Bajamos los bártulos y continuamos nuestro camino. Cuando vimos la típica puerta que enmarca las entradas a las ciudades chinas nos embriagó la emoción. Pero se nos pasó rápido. Justo cuando vimos que había que pagar por entrar, y que junto a la puerta había un parking plagado de autobuses de los que no paraban de salir turistos chinos con visera, gafas, cámara de fotos hiperactiva y, sobre todo, acompañados de guías mortíferos con megáfonos estridentes.

Y nosotros allí… sudando como pollos y de barro hasta las orejas.

Nos lavamos piernas, pies y -los chicos- la espalda, ante la mirada atónita de quienes entraban en el baño. Nos compramos las entradas con nuestros carnés de estudiante -sí, una se arriesga a que la llamen vieja más de una vez y a que no apliquen el descuento, pero a veces cuela- y entramos al pueblo con las bicicletas.

Los turistos chinos son enemigos del caminar. Así, en general. En las montañas hay teleféricos, ascensores y autobuses que facilitan el camino, y en las ciudades y pueblos turísticos hay una especie de minibuses sin paredes que recuerdan a los trenecitos cutres típicos de las ciudades costeras del mediterráneo español. Les llevan en ellos de un punto de interés a otro, se sacan la foto y siguen, pero nunca pasean ni se salen del recorrido. Así que prácticamente tuvimos el pueblo para nosotros solos.

En Menghan hay varios templos budistas que merece la pena visitar pero, sobre todo, el encanto del pueblo está en el tipo de arquitectura: casitas de madera construidas sobre un primer nivel de vigas que antaño se destinaba a hacer las veces de cuadra y que hoy lo mismo es cuadra, que garaje, que sala de estar o restaurante.

En una de esas maravillosas casitas comimos. Allí nos salvaron la vida por tercera vez. La mujer que cocinó para nosotros no hablaba una sola palabra de inglés pero nos entendía perfectamente. ¿Sabes esas veces en las que tu madre te mira y sabe lo que necesitas sin que abras la boca? Pues esta mujer igual. Le señalamos 4 ingredientes y nos hizo tres platos que nos encantaron.  Cabe destacar el plato de noodles fríos con lima. Estaban de rechupete y nos vinieron divinamente para paliar la calorina. China buena que estará siempre en nuestros corazones.

Pero no, ésta tampoco fue la última vez que nos salvaron la vida aquel día. Eso sí, tendréis que esperar, una vez más, a mi siguiente post.

De regalo: En Menghan hay una especie de plaza en la que hay espectáculos diarios, en mi opinión lamentables, y fiestas del agua a diario -antes era una vez al año, pero como atrae turistos…-. Por allí hay un montón de restaurantes, pero nosotros huimos de la zona por pereza y os recomiendo encarecidamente que hagáis lo mismo.

Moraleja: Cultiva tu karma. Hay días en los que de verdad lo necesitarás.

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