India no huele (tan) mal

Llegamos a Delhi emocionadas, ansiosas por conocer un país al que llevábamos años queriendo ir. Pero nuestra primera preocupación, una vez tuvimos las mochilas a la espalda, fue evitar las arcadas que seguro nos produciría el hedor del ambiente más allá de las puertas del Indira Gandhi International Airport.

“Nunca se me olvidará aquel olor”, “Tengo esa peste grabada en el cerebro” o “ya verás… nada más salir del aeropuerto el olor te pega un bofetón…” eran algunas de las frases con las que nos habían descrito India algunos amigos.

Y vaya que si nos lo creímos. Habríamos impregnado nuestros fulares en colonia de bebé si la hubiéramos tenido. Pero no la teníamos, porque atrae a los mosquitos.

Avanzamos hasta la frontera que activa la apertura de las hojas de cristal, intercambiamos un par de miradas, respiramos profundamente y dimos el paso definitivo.

Una vez fuera, recuerdo ver a mis compañeras arrugar la nariz, encoger los hombros, reir y gritar: ¡No huele mal!.

Así era. India no huele mal. El bofetón al salir del aeropuerto es, fue para nosotras al menos, de calor. Pero no de mal olor. India huele diferente. Puede oler a especias, a incienso, a sándalo, a té, a tierra seca o a lluvia. Huele a veces a basura acumulada, pero en puntos muy concretos. Muchas veces a caca de vaca, algo poco impresionante para los que pasamos los veranos de la infancia en un pueblo.

Seguramente lo más impresionante en este sentido es Varanasi, que huele a flores e incineraciones.

Moraleja: Nadie puede contarte cuál va a ser tu experiencia, simplemente porque nadie experimenta las cosas de la misma manera.

De regalo: Otro punto negro del olor son los autobuses, pero ellos se merecen otro post.

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