Cuando en mitad de la noche del desierto te dicen que si quieres ir a una boda bereber, lo primero que piensas es “¡moooooolaaaa tíooooo!”. Lo segundo que te viene a la cabeza es:“¿cómo vamos a ir a una boda en la que no conocemos ni a los novios?”. Lo tercero: “no tengo nada que ponerme”.

Resueltos ambos problemas (la respuesta de Khalid fue que todo eran pamplinas) nos embarcamos en el coche de El Primo (ver Vol.II si no sabes quién es El Primo) y aparecimos en aquel callejón de aquel pueblo en el que decenas de mujeres esperaban, sentadas junto a la pared, a que saliera la novia. Los hombres danzaban de aquí para allá.

Se turnaban para bailar, usando palanganas y otros aperos como instrumentos de percusión. Ellas, con la cabeza cubierta con esos maravillosos pañuelos negros con hilos de mil colores que tejen las mujeres bereberes, cantaban una cosa que a mí me recordaba al irrintzi vasco, sinceramente, pero en cortito. Como en casa, oiga.

Las bodas bereberes duran tres días. El primero, las mujeres están en la casa de la novia, y los hombres en la del novio. Hacen tatuajes de henna a la novia, para atraer a la buena suerte. Y ponen, a ambos, todo lo guapos que pueden. Y les cantan, les cantan mucho. El segundo se juntan todos y los invitados siguen ofreciendo regalos y cánticos a las novias. La pareja no se encuentra hasta la tercera jornada de fiesta.

Si bien ver aquello fue una experiencia inolvidable, no miento si digo que nos sentimos un poco incómodas desde el principio. Al fin y al cabo no dejábamos de ser 4 mujeres blancas, con el pelo descubierto, en el Marruecos profundo. Pero profundo, profundo, y rodeadas de mujeres que, según nos dijeron “viven encerradas en casa esperando a que alguien toque a su puerta y le pida matrimonio”. Y nos miraban, nos miraban mucho.

A los hombres parecía no importarles en absoluto nuestra presencia. El Primo nos fue presentando a algunos. Había un chico con la camiseta del barça -y yo preocupada por el atuendo- que insistía en convencerme de que hiciera fotos. Y yo con un apuro que me moría. El tipo me lo debió de ver en la cara, porque se ofreció a sacarlas por mí. Hizo lo que pudo aunque quiso sacar tantas que no le daba tiempo al flash así que… salieron casi todas negras.

Me devolvió la cámara cuando salió la novia, y me concentré tanto en ella, en intentar hacerle una foto, en ver cómo las demás mujeres le hacían un hueco en el centro del grupo… me concentré tanto en el ritual, en sus manos pintadas de henna, en los adornos de su vestido, en aquel gorro rojo -que era lo último que yo habría esperado-… que cuando vino El Primo a presentarme a otro muchacho yo le di la mano que tenía libre… ¡la izquierda! Algo que, por si no lo sabías, nunca, NUNCA, debes hacer. En la cultura árabe la mano derecha se usa para las cosas nobles, como comer. La izquierda para las impuras, como limpiarse el culo. NO se toca a los demás con la mano izquierda. El chaval me llamó la atención, pero por suerte me di cuenta rápido, pedí perdón cincuenta veces, y fue comprensivo. “Soy una guiri muy lerda”, pensé.

Nos explicó que la novia lleva la cabeza cubierta con esa… ¿cosa? para reservar la sorpresa del maquillaje hasta el último día. “¿Y el novio, también le tapan?” – “También, sólo se le ven los ojos”. Algo que no entendí mucho, porque lo único que se les pinta a los hombres es precisamente la raya del ojo.

Nos llevaron después a la casa del novio. Allí descubrimos que no era una boda, sino dos. De dos hermanos, con dos mujeres, aunque sólo habíamos visto a una -sólo faltaba que fueran dos hermanas para dos hermanos-. El patio de aquella casa estaba lleno de gente. Sentados en el suelo esperaban a que salieran los novios. Los hermanos, digo, no la pareja. Tuvimos un momento un poco incómodo, porque había quienes no entendían que hacíamos nosotras cuatro sentadas con los hombres, y se pusieron a gritar un poquillo… Nosotras ojipláticas, y Khalid, Omar y Soufiane diciéndoles que éramos sus amigas y que se callaran. Intervino El Primo y se acabó la tontería.

Les dijimos que mejor nos íbamos pero nos convencieron para esperar un rato. Vimos a los novios salir, vestidos con chilabas molonas de blanco impoluto, y un turbante blanco que, efectivamente, sólo dejaba ver sus ojos. Espero que se conocieran todos bien, porque, de noche, tapados como estaban, y vestidos iguales… no apostaría yo a que no hicieron intercambio de pareja accidental.

Nos fuimos entonces, después de verles. Nos perdimos la prueba del pañuelo. Sí, la hacen, saben que se puede no sangrar aun siendo virgen, pero la hacen. Y el marido tiene derecho a repudiar a su reciente esposa si ésta no sangra.

De regalo: No, él no tiene por qué ser virgen. Y no, no tienen respuesta cuando les preguntas con quién pierden los hombres la virginidad si no es con las mujeres.

Moraleja: Si estudias las costumbres de otras culturas antes de viajar, y te adaptas -seguramente nosotras deberíamos habernos puesto un velo y habernos sentado junto a las mujeres- puedes aprender mucho. Además, buscando la oportunidad y con cuidado de tener mucho tacto, puedes hacer todas las preguntas que quieras.

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