El café de los navegantes

mimoria

La primera vez que puse un pie en África fue al bajar del ferry en Algeciras-Tánger, después de 7 horas de furgoneta, una de controles y media de mar y estómago revueltos.

Ya era de noche. Aquel puerto no tenía buena pinta, y la ciudad tampoco. Los turistas se fueron dispersando, cogiendo taxis a toda velocidad para salir del tufo a pescado y de aquella oscuridad. El tipo al que habíamos alquilado la casa nos aseguró que seríamos capaces de llegar a ella a pie, pero por si las moscas pidió a su vecino que nos recogiera en el hotel Continental, un tres estrellas bastante rancio que separa la bahía de la medina.

Llegamos a la puerta del Continental, bastante más iluminado que su entorno, y allí reparamos en una pequeña tasquita, ubicada justo enfrente, a la que por supuesto no entraba ningún turista.

El café de los Navegantes. Parecía un antro, pero era ese tipo de antro que claramente regala historias. Así que allí fuimos a desayunar al día siguiente.

No tenía aquello más de 6 metros cuadrados. Sólo había 3 mesas de mármol, redondas, bancos corridos contra la pared y taburetes de los incómodos. Todo estaba lleno de horribles cojines con estampados de flores, como si hubiera pasado por allí la mismísima abuela de Lola de España. Un horror.

Los hombres tomaban té y fumaban Kifi descalzos y repanchingados por los rincones. Nos miraban de soslayo y sonreían complacientes y sorprendidos. Las mujeres simplemente no estaban.

Allí tomamos el mejor té que jamás he probado. Volvimos prácticamente cada día, a tomar otro vaso de aquella exquisitez y a bromear con el secreto de la receta, que probablemente estaba en la forma de lavar la vajilla: sumergiéndola en una palangana un par de veces, eso sí, con mucho ímpetu.

Allí conocimos a Mimoriah. Un anciano que seguía llevando en la cartera una foto en blanco y negro de los años en los que paseaba por la Gran Vía madrileña con abrigo de paño y sombrero fedora.

Moraleja: No importa que nadie entre, atrévete. No importa que nadie lo pruebe, disfrútalo.

De regalo: Cuando ya nos hubimos convertido en clientes habituales, nos ofrecieron hachís. Pero hay que ser muy precavido con ese tema, porque muchas veces es la propia policía quien lo ofrece para después denunciar y dejarse sobornar por los turistas. (No fue el caso…)

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