Los ojos como platos. Los pelos como escarpias. Agarrábamos las asas de la mochila como si aquello nos pudiera proteger de ¿? No había nada de lo que protegerse, sólo eran veinteañeros borrachuzos. Pero nosotras estábamos a la defensiva, por si las moscas.

Subimos las escaleras del Retox Party Hostel, como bien nos había indicado el segurata negro-calvo-gordo-enorme de la puerta, y seguimos cruzándonos con gente descalza y semidesnuda pegando bocinazos. De entre el bullicio apareció un muchacho de unos… ¿35? quién sabe. Tenía menos carne que un gorrión en los tobillos y llevaba un bañadorcillo rojo que daba pena verlo, sin camiseta -aunque de lejos bien podría parecer que la llevara, de tantos tatuajes como tenía- y con unas greñas locas que si me dicen que ha peinado con un petardo, me lo creo.  Le pegó un trago a la lata de cerveza y preguntó “¿tenéis reserva?”. 

– aaaaaaaaaa… ¿sí?

– ¡Seguidme!

Nos metió en un cuartucho que estaba tan ordenado como la habitación de Akos y en el que había un chico y una chica trabajando en sendos ordenadores. Después de las 3 o 4 preguntas de rigor, él nos explica que aquello -por si no nos habíamos dado cuenta- no era un hostal normal, sino un PARTY hostel. Lo cual quería decir que, literalmente: si queríamos dormir, mejor nos buscábamos otro sitio, porque iba a haber gente borracha entrando y saliendo de las habitaciones y seguramente nos iban a molestar.

– Hoy es el gran premio de Fórmula 1. Es imposible encontrar alojamiento.

– o_O ¡Joder! ¡Es verdad! ¿mantengo las dos noches de reserva o sólo una?

– Con una vale… gracias.

Nos puso una pulserita tipo “todo incluido” con el nombre del hostal, la dirección y el teléfono. Le pregunté si era estrictamente necesario y me dijo que sí, que así cuando estuviéramos borrachas y perdidas en la negrura de la noche y sin saber volver, podríamos parar a un taxi y enseñársela al conductor, sin necesidad siquiera de intentar hablar con él. Traté de convencerle de que no me hacía falta, pero él insistió en que era norma de la casa. ¿Al menos tengo derecho a una cerveza gratis por llevar la pulsera? No. ¿Descuento? No. Pssssssssssssss.

Para entrar en nuestra habitación comunitaria tuvimos que pasar por otra, en la que había como 8 o 10 tíos “acicalándose” y bebiendo cerveza. Nos indicaron cuáles eran nuestras camas -los del hostel, no los borrachos- y en lo que dejábamos las mochilas y nos ubicábamos, entró un estadounidense muy simpático a conocernos. Birra en mano, cómo no. De dónde sois, de dónde venís, a dónde vais… blablabla. ¿Venis a la bathparty?

Intercambio de miradas: WTF?

Nos explica que es una fiesta en una de las termas de la ciudad, que sólo ha oído cosas buenas al respecto y que van todos los del hostel -ahí entendimos por qué estaba toquisqui en bañador-. Ante nuestra cara de “creo que paso”, el tipo insiste con el implacable argumento de “me han dicho que termina prácticamente en orgía”. o_O

Con gesto de “Aaaam… seeeeeeeee… no tengo otra cosa que hacer que magrearme con esa panda de ahí abajo”, le expliqué que no pensábamos salir y que habíamos acabado allí de casualidad, pensando que era un hostal normal. “Oh! no! Estáis jodidas!”. Exclamó, atónito.

Risas colectivas. “Bueno, creo que, si nos esforzamos, seremos capaces de emborracharnos”, dijo una de nosotras. (Maitane, seguramente).

Él se fue deseándonos suerte y nosotras decidimos que no nos quedaba otra opción que salir de fiesta. Qué le íbamos a hacer. Nosotras no solemos salir cuando viajamos, porque nos gusta estar frescas para caminar, aprender, conocer gente interesante y esas cosas. Pero tampoco somos de luchar contra el destino, para qué nos vamos a engañar. Así que nos acicalamos mínimamente y salimos dispuestas a demostrarle al mundo que para juerguistas: nosotras.

Como era muy pronto, Mai consideró que igual era buena idea tomar la primera en el patio del hostal. Y lo fue.

Teníamos pensado ir después al Szimpla, porque nos lo había recomendado nuestro amigo José-we-will-always-love-you. ¿Sabéis el típico tío al que una debe hacer caso siempre y en todo momento?. No, ¿verdad?. Es que no hay de esos, más que José. Sí, somos muy afortunadas. El único problemilla es que no teníamos ni repajolera idea de la ubicación del garito con respecto al patio infecto en el que nos encontrábamos, así que Mai, sabiamente, propuso ¿buscar en google? Pssss…

– Pregúntale al guapo.

Le puse cara de “no me líes”, pero allá que fui rauda y veloz.

– Perdón… ¿Sois de Budapest? (habíamos llegado a la conclusión de que esto era una posibilidad porque no llevaban la pulserita para borrachos de mierder).

– No, pero igual podemos ayudarte…

A mí esa actitud de listillo con sonrisa de medio lado ya… Ya me sentó mal, qué queréis que os diga. Al fin y al cabo, tampoco era tan guapo, qué narices.

Puse cara y emití un ruidito que significaba -en cualquier idioma- “a ver, listo”. Y luego le dije, en el mismo tono, si sabía dónde estaba el Szimpla.

– Claro! estuvimos anoche. Está muy bien.

Mierda de prejuicios que le hacen a una quedar como el culo… Sonrisa profident.

– ¿Y está muy lejos?

– No, como a 10 minutos (y me explicó amablemente la dirección que debíamos tomar).

– Ah fenomenal… pues vamos a ver qué tal! Muchas gracias!.. Mai, vámonos.

Seguía siendo pronto así que hicimos una parada por el camino en un bar con 7 veces más gente que sillas en la terraza. Nuestro olfato no falla: debía ser el bar más barato de Budapest. ¡Dobles de cerveza a 70 céntimos de euro!. Las camareras me parecieron exageradamente bordes, pero creo que, en general, el trato al cliente no es precisamente lo que más se cuida en la noche aquicense. Con la segunda cerveza llegó la lucha contra el bostezo y Mai pronunció en voz alta el gran dilema que a veces acecha cuando una ronda los 30 y el reloj la 1:30 de la mañana.

– A ver, tampoco hay que forzar… vamos al hostal e intentamos dormir… que además esta gente seguirá en la bath party y la cosa estará tranquila… ¿no? ¿O nos tomamos un chupito?

Después del Jägermeister no hubo vuelta atrás. Nos fuimos al Szimpla y constatamos que habíamos tomado la decisión correcta. Aquel garito era increíble. Mientras pedía en la barra -en una de ellas- escuché vocecillas: a mi derecha “¡coño, el del hostal!”, y a mi izquierda “ey! you found it!”. Y yo pensé: ¡coño! ¡el guapo!.

La noche no hacía más que mejorar.

De regalo: El garito de la cerveza barata se llama Caesar´s Sörözó y está en Király utca 46, muy cerca del Szimpla, que está en Kazinczy utca 14. 

Moraleja: Si no puedes con el enemigo, ¡únete a él!

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