Mientras nos preparaban la comida en el Bhawana nos fuimos a una tiendecilla en la que organizaban excursiones con la intención de dar un paseito en camello. Nos acabaron liando y, una hora más tarde, estábamos apelotonadas en un jeep que nos alejaría 65 km de Jaisalmer hasta un punto perdido en mitad de la nada en el que un tipo y sus dromedarios nos estarían esperando para llevarnos al Thar.

La idea era pasar allí la noche y volver por la mañana para ver la ciudad.

Pagamos 6.000 rupias (unos 100€) por el jeep, los dromedarios, agua, cena, fruta, desayuno, turbantes y el pago de una multa a la que se arriesgan por llevarte (éramos 4). No fuimos a las dunas Sam, que son más baratas, porque nos convencieron de que eran demasiado turísticas y de que había chiringuitos (horror) y basura a mansalva. ¿A dónde fuimos? Ni puñetera idea.

¿Merece la pena? Echando la vista atrás yo diria que sí, pero no precisamente por el paisaje.

Los dromedarios, enormes. El camino, un horror. Tundra pura.

El dromedario de @moitoneti llevaba la nevera en la parte de atrás. Ella gritaba que aquello se inclinaba y que iban a acabar en el suelo la nevera, las botellas y ella con la cabeza abierta. A todas nos hacía muchas gracia aquello… Hasta que la nevera volcó, el hielo voló y nuestras botellas quedaron solas ante el peligro. Viva la sopa.

Al bajar del dromedario descubrimos dos cosas fundamentales: Las dunas son bastante mediocres y nosotras no éramos las únicas turistas, allá en la lejanía había otras cuatro personas, con una fogatilla y una extraña cabaña de palos con muy mala pinta. “Habrán pagado más”, pensamos nosotras. “Pringaos…”

Los guías -el nuestro y el de LOS OTROS– estaban preparando la cena con unos cacharros infectos que sacaban de debajo de un plástico industrial que entendimos protegía los bártulos de la arena y los animalillos, ya que, por muy “friendly animals” que dijeran los guías que eran las cucarachas… la comida es la comida. Mientras nos hacían la cena nos fuimos a dar un paseo y en el horizonte apareció la silueta de un dhoti con un saco gigante en plan Santa Claus. Resulta que venía hacia nosotras y traía -wait for it…- ¡cervezas!. Como éramos cuatro le compramos diez. Ocho para nosotras y dos para los guías -no sé cuánto costaron pero seguro que0 menos que en la plaza mayor de tu pueblo-. Resultó que eran de medio litro y aquello no hubo Dios que se lo terminara. Y así fue como llegamos a la hora de la cena. Nuestro guía nos preparó un “estupendo” picnic sobre la arena. No, no es lo más práctico.

Aquel cielo maravilloso se empezó a nublar… Y mientras el tipo nos traía platos empezó a chispear. Nuestras miradas se empezaron a cruzar con muecas de “no será cierto”, pero claro, no van 4 vascas a empezar a quejarse por cuatro gotas. El cielo pareció sentir que le retábamos y nos tiró allí todo lo que llevaba. En esas viene el colega gritando: “Don´t worry! Don´t worry! We have a plastic!” Y nos dio el plástico más arriba mencionado para que sujetáramos cada una con una mano y nos metiéramos debajo mientras él iba trayéndonos los platos. Claro que comer con un brazo en alto, compartiendo platos en el suelo y sin cubiertos, estaba complicadillo, la verdad. Nos dio la risa a todas y no murió nadie atragantado porque somos muy buena gente y tenemos el karma a tope. Pero aquello era un circo.

Paró de llover para que pudiéramos cenar, pero no nos fiábamos un pelo de que el agua no fuera a volver… Y nosotras teníamos que dormir al raso. Ahora los de la cabaña chunga ya no eran tan pringaos.”

Les dijimos a los guías que preferíamos alejarnos un poco del “campamento base” para meternos en una cabañita (igual de chunga que la de los otros) que habíamos descubierto en el paseo precena. Primero nos intentaron disuadir -porque se querían meter ellos, fijo- pero como insistímos nos dijeron que sí, que nos llevaban a la “casa con camas”. Cogimos los bártulos (benditos sean los frontales) y allá que fuimos.

Ni casa ni camas. Era un chamizo que de cerca daba más miedo que de lejos. Con tres hamacas de hierro y cuerda -recordemos que éramos 4- y sin puerta.

Nos sentamos allí dentro, procurando no pisar la arena, que estaba llena de escarabajos que venían al calorcillo, nos bebimos 4 botellas de birra y nos echamos a dormir a las 21.00. Cuatro horas más tarde me desperté porque a mi cuerpo le sobraba líquido y descubrí con sorpresa que el cielo estaba despejado y el manto de estrellas bien merecía despertar a la tropa.

Como nadie estaba cómodo se levantaron rápido, sacamos las hamacas a la calle, y nos triscamos el resto de la cerveza mirando al cielo.

Después dormimos mucho mejor. Sí señor.

Por la mañana descubrimos que el fresco que notaba Leire venía de un boquete gigante que había en la “pared” a la altura de su cabeza. Eso, y que los ruidos que oíamos por la noche correspondían perfectamente con las huellas de otros “friendly animals” que habían venido de visita. Perros, en el mejor de los casos. :$

Recogimos el chiringuito y desayunamos en otro fantástico picnic:  fruta pelada con un cuchillo oxidado y panecillos con mermelada que sabía piruleta de corazón.

Lo de los calcetines con sandalias es para evitar las picaduras de los mosquitos. NO vale reirse. Y no, no es nuestro mejor momento, pero esa es la cara que se nos queda sin el viscoelástico. XD

Vuelta al dromedario satánico y a Jaisalmer con la espalda hecha un ocho.

DE REGALO: No, si eres escrupuloso y te cuesta dormir, este NO es tu destino.

MORALEJA: Todo fue un desastre pero nos reímos un montón. Hasta los planes que peor salen tienen cosas buenas.FIRMA-CHARRAN_OK