Es bastante impresionante, entre otras cosas porque no es dificil dormir en una cueva cuya pared, de arena, se deshace según la tocas. Pero al mismo tiempo es agobiante porque por allí pasan demasiados viajeros como tú que, aunque lo intenten evitar… acaban tocando la pared para no caerse al atarse las botas. No tengo muy claro cuán perdurable será la historia con tanta gente viviendo allí… con ordenador y nevera y bañera… y todas esas cosas que deberían estar lejos de la naturaleza. Las mismas características que han permitido a sus habitantes excavar en la piedra con más facilidad que construir de la nada, la hacen -al menos en apariencia- extremadamente vulnerable a nuestras manazas.

El paisaje no se parece a nada de lo que hayas visto antes. Siglos de erosión sobre lava seca han dado lugar a columnas que salen disparadas desde el suelo y de las que asoman puertas, ventanas, lucecillas y hasta megáfonos -viva la modernización de las mezquitas-.

Lo normal en Capadocia es dormir en Goreme, un pueblo en el que todo el mundo es amable y en el que hay bares, albergues y hoteles por doquier sin que por ello dé la sensación de que en cualquier momento vaya a salir una señora con un paragüas gritando “¡¡¡por aquí, por aquí!!!”. De hecho, hay hasta oficina de turismo -en realidad es una cabaña con fotos y un paisano que llama al colega del hostal para que te guíe hasta tu cama-. Hay una caja de madera en la que pone TIPS, para que dejes la voluntad, pero nadie pide nada, lo cual genera un ambiente de confianza que le dan a una ganas de creer en el ser humano.

Hay varias “excursiones obligadas” que hacer en la zona, pero sólo escaparás de los turistos si tienes tiempo para perderte unos días, después de haber fichado -o no- en los puntos clave.

– El museo al aire libre de Goreme: está a unos 10 minutos del pueblo, por supuesto hay que pagar entrada, pero merece la pena, sobre todo, porque alberga impresionantes frescos de los siglos X, XI y XII. De lejos puede parecer la superficie de la luna o, como mucho, el pueblo de los Picapiedra, pero esto era en realidad un monasterio, del que aún se pueden ver las habitaciones, el comedor, la cocina y, por supuesto, las zonas de culto. Lo dicho, que mola. Si no me creéis a mí, haced caso a la UNESCO, que lo declaró Patrimonio Mundial en 1984.

– Las ciudades subterráneas: hay kilómetros de construcciones subterráneas que han sido utilizadas durante siglos por las diferentes civilizaciones de la zona, y que a muchos ha servido como perfecta trinchera ante los continuos asedios que sufrían, por estar ubicados en tan suculenta ruta comercial. (Esto antes, ahora está en medio de la nada.)  Las más visitadas -y no es barato- son la de Derinkuyu, que es la más profunda, y la de Kaymakli, que es la más extensa.

– Paseo en globo: Debe molar un montón, porque el paisaje es brutal, pero cuesta unos 90€ y mi bolsillo no estaba -ni está- para sementantes estragos.

– El valle de Ilhara: yo contraté una excursión en el albergue, porque iba con el tiempo pegado al culo, pero estoy segura de que se pueden hacer rutas de forma independiente. Si te gusta hacer senderismo, no te lo puedes perder.

– Visita a la fábrica de onix. Sinceramente, yo no perdería el tiempo.

En resumen, es un lugar con una naturaleza y una historia de tal calibre, que puedes, tranquilamente, pasar allí 15 días sin aburrirte un minuto.

DE REGALO: Hacen unas pizzas turcas que no son pizzas pero que están buenísimas y con las que yo sería capaz de sobrevivir.

MORALEJA: Viajar con poco tiempo a ciertos sitios, es un error FATAL. FIRMA-CHARRAN_OK