Nada tiene que envidiar a la joya que supone Petra. Nada que ver tiene tampoco una cosa con la otra. El calor, seguramente. Y que hay que estar preparado física y moralmente para caminar. Y caminar… y caminar…

Teniendo tiempo, seguramente sea posible llegar en transporte público. Pero con tiempo, porque en Jordania los autobuses salen cuando se llenan. Literalmente. No hay horario. Tú te sientas y esperas a que se cumpla el cupo de la rentabilidad. Aquí lo de gastar gasolina a lo tonto es impensable, que está cara. -Cosa, por otro lado, de la que algunos jordanos se jactan, “si tuviéramos petróleo vendría Estados Unidos a decir que nuestro sistema no es democrático” nos dijo Hassan, un taxista muy simpático que ponía cara de gato de Shrek para que le diéramos propina-. Otra forma de llegar a Wadi Rum es en un coche alquilado. Amman da susto, pero el resto del país es razonablemente sencillo y de conducción amigable.

Nosotros no nos atrevimos con el coche -llamadme cobarde- así que contratamos el viaje desde el hostal de Petra (el muy recomendable San Valentine´s, dicho sea de paso). El acuerdo consistía en llegar hasta Wadi Rum, pasar el día recorriendo el desierto y llegar poco antes del anochecer a un campamento en el que cenar, dormir y desayunar. Hay muchas opciones, unas más independientes que otras, pero lo cierto es que si tienes suerte con el grupo (6-10 personas) el guía se adapta a tus necesidades y te deja hacer prácticamente lo que te da la gana.

Un minibús nos recogió a eso de las 6 de la mañana y fue parando todo el camino -mientras hubo civilización- recogiendo niños que iban al cole y señores cargados con bolsas de la compra. Las mujeres, al parecer, son -como en todas partes- seres con una fuerza superior, y no requerían de la ayuda de nuestro buen conductor, porque podían caminar alegremente por el arcén durante kilómetros.

Llegas a la entrada del desierto, te bajas de la furgoneta, y pagas la entrada en una garita que te hace sentir por unos minutos en un parque temático. Sales. Te montas en un 4×4 -alguien te gritará en cuál- y te adentras en el desierto hasta llegar a un pequeño pueblo de casas de adobe en el que esperarás un rato en una casa que hace las veces de punto de encuentro. Te invitarán a un té, el jefe beduino de maravillosa e impoluta chilaba te asignará un guía -con suerte, puede que esté buenorro- comprarás víveres (sólo hay dos tiendas, y son contiguas, pero echa un ojo a ambas porque una es mucho más cara que la otra) y te embarcarán en la parte trasera de una pick-up rumbo al corazón del desierto. No temas, la pick-up tiene toldo.

Wadi Rum es un mar de arena tricolor que parece escupir enormes columnas de piedra rojiza tremendamente porosa, lo cual la hace perfecta para trepar. Yo soy una cagueta y el deporte me gusta lo justo, pero tuvimos la suerte de coincidir en el grupo con dos chicas aficionadas a todo tipo de deportes de montaña, que nos enseñaron cómo y dónde pisar, y que nos animaron a llegar cada vez más alto para ver cada vez mejor. Coincidimos también con 4 japoneses que nos miraban como las vacas al tren y que dudaban muy mucho de emprender cualquier ascenso, pero si viajas con un tipo aficionado a los videojuegos te sorprenderás de la cantidad de expresiones animosas que conoce para jalear a las masas… Los japoneses acabaron subiendo a toda pastilla y todos rompimos a carcajadas en la cima.

Wadi Rum es cañones, rutas de senderismo, escalada, sandboard y paisajes infinitos.

No en vano se enamoró de esta tierra Lawrence de Arabia. Su casa, por cierto, también se puede visitar. Su situación, en otros tiempos estratégica como punto de vigilancia -el ejército británico usó Wadi Rum como base de operaciones durante la Rebelión Árabe, allá por 1917- hace que merezca la pena sentarse un rato a observar en silencio. Sobre las ruinas se pueden ver aún las marcas del manantial que le proporcionaba agua.

De regalo:  “Existen dos clases de hombres: aquellos que duermen y sueñan de noche y aquellos que sueñan despiertos y de día… esos son peligrosos, porque no cederán hasta ver sus sueños convertidos en realidad”. Lawrence de Arabia

Moraleja: Aunque las excursiones puedan parecer muy encorsetadas, la flexibilidad es tremenda. Habla con el guía. ¡Pide por esa boquita! Sonriendo. Sobre todo, no te olvides de sonreír.

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