Amanecimos tarde y con resaquilla. Los chicos nos despertaron en plan madre: tarde, casi con el desayuno en la mesa, y con el tiempo justo para lavarnos la cara y las manos.

La tetera como ducha. No he vuelto a malgastar una gota de agua. ¿Lo de los 11 litros del alcalde de Málaga? Puro derroche. De hecho, mi cara de mala leche en la foto era seguramente porque Leire me dijo que le echara un poco más.

Recogimos los bártulos y nos fuimos alejando del oasis a lomos de aquellos animales del demonio, que movían las caderas como si llevaran los mismos tacones que Marilyn Monroe en Niagara. En el recuerdo, por supuesto, prevalecen el paisaje, las dunas y el silencio… pero en el momento, de silencio nada. Íbamos todas quejándonos con cada paso. Para ser honesta, diré que eran quejas y risas. Que tampoco es plan de ponerse melodramática.

Habíamos dormido poco pero daba igual: conocimos campamentos nómadas, visitamos minas de kohl -ese gran invento- y Khamlia, un pequeño pueblo de casas de adobe habitadas por gentes de origen subsahariano que te invitan a té y a disfrutar de su música en un acogedor salón. La única pega es que se lo han montado de tal manera que uno siente que está haciendo la turistada de turno. Tras el espectáculo te piden la voluntad y te ofrecen un CD -que, por supuesto, nosotras compramos- así que el aura de espontaneidad desaparece de un plumazo y tú te das cuenta de que no es que seas especial, es que eso se lo hacen a todas.

Y te consuelas pensando que es una manera de ayudarles a ganarse la vida, aunque luego te lo pones en el salón de casa y claro, no es lo mismo.

Aquella tarde nos echamos la siesta más placentera de la historia a la sombra del único árbol que había frente al “hotel” y jugamos con Omar a un juego de cuyo nombre no puedo acordarme pero en el que el tablero era la arena y las fichas palitos y piedritas. Jugamos dos contra uno y nos ganó todas las partidas. No me pidáis que os explique en qué consiste ni cuáles son las reglas porque es obvio que NO las pillé. Eso, o que el jueguecito de marras sólo es apto para grandes estrategas y yo sigo sin haber leído a Sun Tzu.

Ya que nos habíamos perdido el amanecer, subimos a la gran duna para ver el anochecer. Cuesta subir, pero es impresionante. Y aquí me pongo seria: lloré de la emoción. Vale que soy de lágrima fácil, pero la sensación es sobrecogedora. Había luna llena y hacía algo de viento -el turbante me salvó los ojos, nuevamente-. Sentada allí arriba, con ese mar de arena que se movía a mi alrededor… me sentí diminuta.

Cenamos intentando aprender a comer cuscús con las manos. No es tan fácil, he de decir. Hay que hacer una especie de albondiguilla con una sola mano -la derecha, remember- y metérselo a la boca sin tirarlo todo ni enguarrarse mucho. Omar me acabó sugiriendo que era un poco marrana, mi técnica, y que casi mejor siguiera usando el tenedor. Las francesas con las que compartíamos salón me miraban estupefactas. Sin embargo, os animo a intentarlo. Puede ser divertido.

Después de la cena vinieron de nuevo los timbales… y allí estuvimos esperando hasta que llegó el momento de ir a la boda bereber. ¿Recordáis que nos habían invitado la noche anterior?. Vino a recogernos el primo del novio -de ahora en adelante El Primo-. Sí, ese que era amigo de nuestros colegas del desierto y que nos llevaría, sin ningún tipo de problema, a tan magnánimo evento familiar.

Pero vamos por partes: El Primo se bajó de aquel coche tipo opel kadett con la chilaba más bonita y más blanca que yo haya visto en mi vida. Llevaba el pelo engominado y unas gafas de bacala en la cabeza que si me dices en ese momento que el tipo viene de Ibiza, yo me lo creo.

– ¿Cómo vamos?

– Aquí (por el kadett -o similar-)

– ¿Y vosotros? (por los muchachos del desierto) ¿No venís?

– Sí, claro, aquí. (por el kadett, nuevamente)

– ¿Todos?

Sonrisa.

Debimos de pensar que de perdidos al río y allá que nos montamos las 4, con ellos 4, en aquellas 5 plazas, con aquel musicón, camino del bodorrio. Hicimos una primera parada para comprar el kalimotxo más caro de nuestras vidas (creo que fueron 12€ la botella de tinto y era peor que el de brick del Eroski) y una segunda para jugar al marcianito en mitad de las dunas. ¿Te imaginas a cuatro tíos con chilaba y turbante diciendo “marcianito número uno llamando a marcianito número 3”?. Lo sé, yo lo estoy recordando y me sigue pareciendo increíble. Pero os juro que creo que fue el mejor kinito de nuestra vida.

De regalo: Las toallitas de bebé nos habrían venido realmente bien en el Oasis.

Moraleja: Confía en tu karma y tu coche nunca se estrellará contra una duna. FIRMA-CHARRAN_OK