Puede que sea mi desierto favorito porque fue el primero que vi. O porque nos pasaron mil cosas. O puede, simplemente, que sea impresionante.

Rebusco en mi cuaderno de viaje de aquellos días porque ahora no sé por dónde empezar y me encuentro lo siguiente: “Me cuesta empezar a escribir sobre nuestra experiencia en el desierto. No creo que sea capaz de describir […] Supongo que simplemente me sentí feliz”.

FE-NO-ME-NAL.

Empezaré, pues, por el principio.

Salimos desde Fez en un 4×4 súper molón e hicimos múltiples paradas interesantes por el camino a las que ya dedicaré otro post en otro momento. Cuando llegamos a Merzouga, Khalid, nuestro guía, nos confirmó que aquel vendabal del infierno era, efectivamente, una tormenta de arena y bajó de la fragoneta. Nos dijo que mejor no bajáramos, pero no le hicimos caso -somos muy curiosonas- y acabamos con kilo y medio de arena en cada ojo. Por listas. Khalid bajaba a comprarnos unos turbantes. Menuda bendición. Parece mentira lo que protege un trapo de los latigazos de arena, oiga

Al llegar a las puertas del desierto nos recibieron, como casi siempre, con un té. Nos lo tomamos embobadas mientras un par de bereberes preparaban los camellos para subir al oasis. Ya estaba anocheciendo.

Para cuando emprendimos el camino, la tormenta de arena había parado, pero el cielo estaba en modo Londres y allí no veíamos una estrella ni con imaginación. A día de hoy seguimos sin tener claro cómo se orientaba Hassan para guiar a los dromedarios, la verdad… “Hago este camino a diario”, decía. Ya, pero es que no se ve un carajo, colega.

Hora y media después llegamos al oasis.

Nosotras, porque las nalgas las debimos de dejar para siempre en algún rincón de aquel camino. Aún con todo, nos dio igual. Aquella diminuta selva en mitad del mar de dunas era una de las cosas más impresionantes que habíamos visto en nuestra vida. Cierto es que, de tanto decir que no nos podíamos creer que en un lugar tan seco hubiera semejante vegetación… parece que invocamos a Zeus y se puso a llover. “¡Sois muy afortunadas!, casi nadie ve nunca llover en el desierto”. Ya, pero es que somos de Bilbao y tal. Veníamos a ver las estrellas.

Cenamos en la haima mientras Khalid y sus colegas bereberes tocaban el yembé y acabamos bailando como locas. O haciendo el mono, mejor dicho, porque ritmo tenemos poco y vergüenza menos. La calidad culinaria… a las pruebas gráficas me remito… somos bastante tragonas y ya habéis visto cómo estaba el plato.

El turbante que nos compró Khalid también nos sirvió para protegernos del agua. Después de cenar nos fuimos con la música a otra parte. Literalmente, porque en el oasis había gente normal que había llegado a horas normales y quería dormir a horas prudentes. Pero los chavales del oasis eran majísimos y nos montaron una fiestecilla en medio de la nada, sobre una alfombramanta y con unos candelabros improvisados -velas en botellas llenas de arena-. Y cantaron y charlamos hasta que el cielo se despejó para dejarnos ver las estrellas.

Cumplido el objetivo nos fuimos a la colchoneta de la haima, nos tapamos con las mantas que horas antes cubrían el lomo del camello y a dormir. Olía aquello que no veas. Un festival para la pituitaria oiga. Pero el agotamiento ayuda casi siempre en estos casos y caímos redondas. Soñando, seguramente, con el cambio de planes por la repentina invitación a la boda bereber que se celebraría la noche siguiente… Pero el día siguiente os lo cuento en otro post.

FIRMA-CHARRAN_OKDe regalo: Les llevábamos una botellita de regalo porque una amiga nos había comentado que musulmanes sí pero practicantes poco…

Moraleja: Adáptate a lo que venga y no te estreses por llegar tarde.